OSPA. Varios instrumentistas de la Orquesta Sinfónica del Principado, en la fotografía durante un concierto con la pianista Carmen Yepes, participaron en el estudio. / E. C.

Una tesis doctoral demuestra que las pulsaciones de un instrumentista clásico son equiparables a las de un futbolista o un ciclista 62 músicos, muchos de la OSPA, participaron en el estudio

Para hacer música es preciso bombear mucha sangre. Tanta como para subir el Angliru o meterle un gol al Barça. Las clasificaciones tradicionales sobre el trabajo físico en función de la frecuencia cardiaca han considerado siempre que la profesión de músico requiere de un esfuerzo liviano, pero una tesis doctoral elaborada por la doctora Claudia Iñesta Mena (Llerena, Badajoz, 1959), médico de Atención Primaria en Gijón aunque especialista en Medicina Deportiva, ha echado por tierra esta teoría.

Para hacer música es preciso bombear mucha sangre. Tanta como para subir el Angliru o meterle un gol al Barça. Las clasificaciones tradicionales sobre el trabajo físico en función de la frecuencia cardiaca han considerado siempre que la profesión de músico requiere de un esfuerzo liviano, pero una tesis doctoral elaborada por la doctora Claudia Iñesta

Después de analizar a través de pulsómetros el esfuerzo cardiaco de 62 instrumentistas clásicos ha concluido que su trabajo es equiparable al de un deportista de élite. La media de pulsaciones se eleva a 136 durante un concierto (lo normal es entre 60 y 80), pero puede llegar en algún momento a las 200. Recurriendo a la catalogación Astrand y Rodahl de 1985, un clásico de la medicina laboral, su tarea es «extremadamente dura».

Claudia Iñesta es además de médica madre de tres hijos músicos y una gran melómana. De ahí su interés por un asunto que empezó a convertirse en su tesis doctoral bajo la dirección de Nicolas Terrados Cepeda en 1999 y que recibió el ‘cum laude’ de la Universidad de Oviedo el pasado mes de setiembre.

Su idea inicial era abordar un plan de ejercicios físicos dirigidos a los músicos, pero finalmente acabó analizando el esfuerzo que supone tocar un instrumento. Se valió de la colaboración de 62 instrumentistas, muchos de ellos miembros de la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (OSPA), que se prestaron a colocarse los pulsómetros durante los ensayos y los conciertos para evaluar las diferencias.

Clarinete, fagot, flauta, oboe, trombón, trompa, trompeta, contrabajo, viola, violín, violoncello, arpa, piano, percusión y dos instrumentos indios -sitar y tabla- formaron parte de un estudio que se prolongó en el tiempo y que acabó por aportar conclusiones inesperadas.

Porque si bien Iñesta suponía que el nivel de esfuerzo del corazón era fuerte, no esperaba tanto. Sí intuía ya desde el primer momento que es preciso que los músicos estén en forma y practiquen deporte para poder mantener ese bombeo cardiaco que se hace imprescindible para ejecutar la música.

De 20 a 30 años

La mayoría de los músicos que participaron en el estudio son jóvenes, entre 20 y 30 años, y el abanico de esfuerzo que realizan es muy amplio. Es difícil generalizar porque a la hora de medir las pulsaciones entran en juego muchos factores, algunos de ellos tan difícilmente cuantificables como la emoción de una pieza. Pero hay conclusiones claras. Por ejemplo, el esfuerzo se multiplica durante un concierto con respecto a los ensayos. Es también sustancial la diferencia entre un solista y quien no ejerce como tal en un recital. A mayor protagonismo, se advierte también un incremento en las pulsaciones.

Para dar ejemplo de ese importante esfuerzo, y saliéndose de lo que es estrictamente su tesis doctoral, Claudia Iñesta relata el caso de un fagotista que un día decidió pesarse antes y después de un concierto. Un kilo y medio fue la diferencia final, pero con el añadido de que el último pesaje se hizo después de la cena. Otra muestra del enorme esfuerzo que supone hacer música lo encuentra la doctora en su propio hijo, en la actualidad clarinetista becario en la Filarmónica de Berlín, que en un viaje a Bolivia fue capaz de correr a la altitud de La Paz, pero no pudo sacarle una sola nota al instrumento de viento. Pensó, incluso, que se le había estropeado el clarinete.

Un partido importante

Las gráficas de la tesis de la doctora aportan luz sobre lo que puede significar la faena de un concierto. En uno de ellos se observan las pulsaciones de un futbolista en un partido importante. Y son prácticamente las mismas que las de un músico. Sucede algo similar con el tajo de un pescador, mucho más tranquilo en las distintas partes del trabajo salvo en la última, la de la descarga del pescado, en la que se equipara el esfuerzo. «Es mucho más de lo que pensaba, nadie esperaba tanto», dice esta doctora extremeña afincada en Gijón para explicar con otra anécdota lo que supone. Su director de tesis, el experto en Medicina Deportiva Nicolás Terrados, mostró en una ocasión a un ciclista una de las gráficas de esfuerzo de los músicos estudiados por Claudia. «Mira, ¿qué te parece?, le dijo, y este contestó: «Uff, vaya etapa más dura». No daba crédito cuando supo que aquellas pulsaciones eran las de un concertista. Y así era.

Pese a lo que pudiera parecer, no se ha advertido en la tesis una diferencia de esfuerzo para los diferentes instrumentos. Y eso que cuando Claudia Iñesta comenzó su estudio estaba convencida de que los de viento requerían de mayor bombeo de sangre. Finalmente no fue así. Los niveles de esfuerzo no tienen relación con el instrumento, pero alcanzan durante los conciertos porcentajes superiores al 70%. En algunas ocasiones, incluso más. En el estudio en dos ocasiones se rebasó la barrera de la capacidad cardiaca máxima y se llegó al 101%.

Todo este estudio tiene un fin claro para Claudia Iñesta: concienciar a los músicos de que tienen que cuidarse, de que su corazón realiza un esfuerzo importante cada vez que se suben a un escenario. Estar en forma, hacer deporte y practicar hábitos de vida saludables es fundamental para los instrumentistas. Y lo es también para los jóvenes que se forman en el conservatorio, que deben hacer un hueco en su agenda para mover las piernas y el corazón. Eso entiende esta extremeña que, tras presentar su tesis doctoral, confía en publicar pronto su trabajo en alguna revista de cardiología.

Fuente: https://www.elcomercio.es/prensa/20070104/sociedad/esfuerzo-cardiaco-musico-concierto_20070104.html

La música forma parte de nuestra vida desde que comenzamos a escuchar la voz de nuestra madre tarareando una canción, las melodías de los dibujos animados, las canciones de amor que nos hacen suspirar en la adolescencia, recordamos nuestra vida mediante fragmentos que componen un puzle musical.

El oído es uno de los sentidos que antes se desarrolla. Crecemos con ritmo: el corazón, la respiración… La música nos acompaña cuando la edad nos borra los recuerdos, solo las canciones nos ayudan a recordar al desconocido que vemos en el espejo.

La música no es sólo aprender a tocar un instrumento, no consiste en convertirse en un “mini Mozart”, aporta valores fundamentales para desarrollarnos plenamente: aprendemos a trabajar en equipo, adquirimos paciencia para esperar el momento de tocar nuestro solo en la orquesta, desarrollamos la capacidad de expresarnos mediante nuestro instrumento o nuestra voz, nos emocionamos, sabemos que para que los resultados sean óptimos hay que ser un trabajador constante, valoramos la belleza, mejoramos la escucha y favorecemos el aprendizaje de idiomas, aumentamos la comprensión matemática, nos hace críticos a la hora de captar los errores y corregirlos, nos ayuda a relacionarnos con los compañeros, etc.

Hay numerosos estudios científicos que dejan constancia de la repercusión que tiene a nivel cerebral el aprendizaje musical en la infancia y a pesar de ello, se sigue investigando al respecto. No solo porque la educación musical despierta y desarrolla la atención, la concentración y la memoria, sino porque además contribuye al autocontrol, al desarrollo intelectual, interpersonal, psicomotor, físico, neurológico y afectivo.

Los psicólogos recomiendan aprendizaje musical en casos de timidez, en casos de separaciones, cuando hay pérdida de un progenitor, cuando hay cambios de carácter por la llegada de un hermanito… y es que “la música amansa a las fieras” dice el refranero.

Cuando las palabras no bastan, las hermosas melodías pueden decir lo que sentimos. Tocar un instrumento es mucho más que un hobby, es una forma de vida. Los médicos curan el cuerpo, los psicólogos la mente y la música sana el alma.

La música es una magnífica terapia en el tratamiento de muchas enfermedades, a través de la música los pacientes con Alzheimer recuperan parte de sus recuerdos, mediante música se atenúan dolores de enfermos terminales, la música acompaña a los bebés prematuros para mejorar su desarrollo y contribuir a su bienestar, y podríamos seguir enumerando infinidad de tratamientos que se sirven de la música como una herramienta.

Nos gusta que nuestros alumnos aprendan experimentando, lo que se aprende de memoria se olvida, lo que se practica mediante repetición se recuerda un tiempo, pero lo que se aprende jugando se recuerda toda la vida.

La música es una herramienta fundamental en el aprendizaje infantil, mediante canciones aprenden las estaciones, los animales, se amplía vocabulario, se transmiten las tradiciones, etc.

Desafortunadamente vivimos en una sociedad en la que se valora lo objetivo, lo cuantificable, parece que todo lo que no se puede medir carece de valía. Los estudiantes se preocupan de las calificaciones en lugar de aprender, los mayores se preocupan de rellenar los horarios de sus hijos y no por acompañarles en su aprendizaje, los profesores programan los objetivos, contenidos y procedimientos en lugar de preocuparse de que su alumnado sea capaz de pensar y cuestionar la sociedad en la que viven.

La música, tradicionalmente una asignatura “maría”, aporta a los alumnos mucho más que un simple festival en navidad o final de curso, la música tiene el poder de despertar inquietudes en los jóvenes que pueden llevarles a ser felices, a sentirse plenos, a disfrutar de la vida. Al fin y al cabo, ¿para qué estamos aquí si no es para ser felices? Crecer con música es crecer feliz.

Por Vicenta Gisbert Caudeli, codirectora del Proyecto de Educación Musical Musinnova

Fuente: https://diariodeavisos.elespanol.com/2019/06/el-poder-de-la-musica-en-los-ninos/

Los padres comprometidos con el aprendizaje musical de sus hijos suelen invertir mucho tiempo y esfuerzo en la formación de los más pequeños, horas de cafetería, lectura y espera, con desplazamientos añadidos, colas y prisas para llegar a tiempo. ¿Y si en lugar de esperar la salida de sus hijos pudiesen compartir el aula de música?

Las clases se convertirían en un espacio de complicidad, empatía y vínculo intergeneracional. Es un aprendizaje compartido, sin importar la edad, disfrutando de cada logro, apoyándose en cada dificultad, ¿no sería una extraordinaria forma de cumplir los sueños de los más grandes y compartir experiencias musicales con los más pequeños?

Musinnova desarrolla desde hace varios cursos escolares este programa de formación familiar, porque es una bonita experiencia ver crecer juntos a grandes y pequeños y porque además resulta práctico, en lugar de esperar, los papis y mamis invierten su tiempo aprendiendo de manera conjunta.

Especialidades instrumentales diversas: canto, violín, violonchelo, guitarra, batería, piano, saxofón, clarinete, trompeta, oboe, para todos los gustos y preferencias. El aprendizaje instrumental mejora la comprensión matemática y la motricidad fina, el canto amplía vocabulario y pronunciación, el trabajo colectivo mejora la socialización y la transmisión de valores que nos preparan para la vida adulta: esfuerzo, constancia, cooperación, respeto y si papá o mamá cometen los mismos errores que nosotros y pueden superarlos, se convierten en modelos a seguir, en estas sesiones además de aprender a tocar un instrumento fortalecemos la relación paternofilial.

Se acabaron las excusas: no tengo tiempo, es muy difícil, siempre tuve ganas pero no tuve la ocasión… Ahora tenemos la oportunidad de formar parte de la educación musical de nuestros hijos. Disfrutemos juntos de la experimentación, de una metodología basada en la intuición e interiorización de destrezas que nos facilitan la comprensión del código musical. No más música aburrida, hagamos de la música un divertido juego en familia con el que disfrutar del tiempo de ocio, aprendiendo juntos y superando cada dificultad con estudio y dedicación.

Reservemos un espacio semanal para una actividad especial, el aprendizaje musical se convertirá en nuestro particular paréntesis de la rutina laboral.  Vamos a activar nuestras conexiones neuronales, mejorar la memoria, nuestra atención, capacidad de escucha, coordinación y oído, cada clase un nuevo reto, puede no ser fácil pero sin duda merecerá la pena. Un equipo de docentes al servicio de cada alumno, sin importar la edad, únicamente con el compromiso de guiar el camino de los que desean disfrutar del aprendizaje musical.

Por Vicenta Gisbert Caudeli, codirectora del Proyecto de Educación Musical Musinnova

Fuente: https://diariodeavisos.elespanol.com/2019/08/musica-en-familia/

Música y salud emocional

“Somos seres musicales de forma innata desde lo más profundo de nuestra naturaleza”, opino lo mismo que dice Stefan Koelsch, damos muestra de ello en el vientre materno y recién nacidos…, todo ser humano responde emocionalmente de forma instintiva a las notas y ritmos musicales desde su origen. Música y salud emocional van de la mano.

El movimiento o quietud de un bebé ante la música está expresando emociones positivas o negativas, una melodía determinada puede detener o producir un llanto o tranquilidad y somnolencia. Koelsch lo resume así, “La música es capaz de evocar el núcleo mismo, el núcleo de las estructuras cerebrales responsables y creadoras de nuestro universo emocional”.

La música tiene la cualidad de mejorar la salud emocional de los niños, la salud de cualquier ser humano que lo desee, que lo necesite.

Con la música un niño siente, expresa, potencia o libera sus emociones.

Aprender, escuchar, tocar música es una oportunidad para el desarrollo y mejora de su salud emocional y altamente beneficioso como tratamiento para niños con dificultades emocionales, con hiperactividad, con problemas de relaciones sociales, con autismo, con depresión… entre otros.

¿Qué aporta la música a la salud emocional de un niño?

  • Un camino para resolver problemas emocionales.
  • Un estado de tranquilidad y gozo. Los sonidos musicales, las notas, ritmos, tonos…, vibran en la misma escala que las emociones, la música y la emoción se mueven en el mismo plano físico, regulando así el sistema nervioso y por tanto disminuyendo el estrés emocional. Se produce una armonía perfecta, un ajuste, una conexión, consiguiendo sensaciones de relajación, calma y sosiego.
  • Un espacio para comunicar lo que tiene dentro, lo que es, expresando libremente, dándole lugar y visibilidad al sentimiento, el sentir mismo, al más interno.
  • Una vía para liberar emociones ante la necesidad de expresión emocional oculta, para que deje salir emociones retenidas por el cuerpo o la mente, emociones que le atan, duelen o enferman.

Las escuelas de música especializadas para niños y niñas, utilizan técnicas que permiten trabajar la salud emocional, teniendo en cuenta las sensaciones y los sonidos de la naturaleza por ejemplo, el gusto musical del niño, y todas aquellas herramientas de escucha y manipulación musical que faciliten la expresividad y la creatividad. La escuela Musinnova de Canarias es un buen ejemplo de ello porque contemplan la emoción como base primordial de la música.

Toda persona, niño o adulto, tiene buena salud emocional cuando su mente y su cuerpo están en armonía, cuando existe una relación coherente entre lo que siente y cómo lo siente en estrecha vinculación entre su interior y su entorno.

La música, como nadie, consigue generar esta unión.

Sonia GonzálezSonia González - Salud emocional
Psicóloga Clínica, Terapeuta en Educación y Liberación Emocional y terapias de Bienestar y Desarrollo Personal, Relajación y Mindfullness